Cena de gala virreinal | Palacio Torre Tagle

Ventas - Carpetas Venacio Shinki | 2 Serigrafías "Azul y Rojo"
- Donación: $ 3.000 (tres mil dólares)

Su aporte ayudará a las siguientes Obras para impulsar el desarrollo sostenible a esas comunidades.



Proyectos Sociales



1. “Implementación Comedor Infantil Jenaro Herrera”
Provincia de Requena, Loreto


Lucha contra la desnutrición infantil

- Para beneficiar a 250 niños y adolescentes, edad escolar

- Ubicado en la Provincia de Requena, Loreto

- A cargo de las Misioneras Franciscanas Rebaño de María

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2. “Centro Infantil San Vicente de Paul”
Comunidad Maldonado Begazo, Pucallpa, Ucayali




- Implementación y alimentación del centro infantil para niños de 2 a 6 años.

- Asentamiento Humano en la Comunidad Maldonado Begazo, Pucallpa, Ucayali.

- Beneficiar a 50 niños.

- a cargo de la Orden salesianas Oblatas del Sagrado Corazón

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3. “Mejorar la calidad del grano del Cacao”
Comunidad El Progreso - Yanaocas, Distrito Inambari, Provincia Tambopata - Región Madre de Dios




- Construcción de un módulo post cosecha para mejorar el grano del cacao.

- Asociación de Productores Agropecuarios de la Comunidad El Progreso - Yanaocas, Distrito Inambari, Provincia Tambopata - Región Madre de Dios.

- Beneficiar a 128 personas.

- Ejecutado con: Cáritas - Arzobispado de Puerto Maldonado - Voluntariado MRE

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Venancio Shinki








1 Carpeta - 2 Grabados que contienen Azul y Rojo del premiado Maestro Venancio Shinki



Donativo : $ 3.000 (tres mil dólares)




Venancio Shinki






En 1962, un joven de rasgos orientales egresó de la Escuela Nacional de Bellas Artes para ganar, casi inmediatamente, el Premio Sérvulo Gutiérrez. No obstante, Venancio Shinki ya era un artista reconocido y respetado, desde varios años antes, por sus colegas, maestros y los críticos de arte en el Perú.

Por: Daniel Ágreda dagreda@siete.pe

La casa de Venancio Shinki (Lima, 1932) hace recordar a las haciendas de provincias. Está rodeada de jardines, espacios abiertos copados de vegetación donde el sol del verano o el frío del invierno gobiernan, según el paso de las estaciones. Dentro, cada ambiente es lo suficientemente amplio como para alojar a una familia numerosa, aunque solo vivan en ella Venancio y su esposa, la pintora Elda di Malio.

La gran familia que convive con ambos artistas son sus cuadros, grabados y obras en general, los cuales pueblan cómodamente cada habitación de la casa: la sala, el comedor, los cuartos, el escritorio y los talleres. Todo transmite un orden y una tranquilidad, más que orientales, provincianas. Esto concuerda con lo que nos contó Shinki al inicio de la entrevista: “Yo he vivido mi infancia y adolescencia en la hacienda San Nicolás, que es donde se asentó parte de la colonia japonesa al llegar al Perú”.

Estamos frente a uno de los artistas más importantes de la pintura moderna peruana, pero también estamos frente a un ser humano que ha sufrido, al igual que todos nosotros, los cambios constantes y dramáticos que ha tenido el país. No obstante las vicisitudes que pudo haber enfrentado, él se mantuvo fiel al arte, plasmando en sus obras las imágenes que concordaban con las sensaciones que quería transmitir. “Yo siempre repito esta frase en todas las entrevistas que me hacen, porque creo que define mi labor como pintor: soy un pescador de imágenes”, dice, mientras nos muestra algunas de las obras que viene preparando, varias de ellas en grandes formatos, y que nos permite ver “en exclusiva”.

A sus 80 años recién cumplidos (nació el 1 de abril, así que hoy nos corresponde decirle “¡Feliz cumpleaños!”), sigue produciendo “aunque ya no con la misma velocidad de antes”, acumulando cuadros para su siguiente exposición, a realizarse “no sé dónde ni cuándo; solo sé que será muy pronto”.

Artista de acción

Shinki nos explica que ya no tiene la agilidad ni la destreza física de su juventud, época en que realizaba “pintura de acción”, la técnica que imperaba en la década de los cincuenta y que deslumbró a los jóvenes artistas. “Era la primera vez que un movimiento estadounidense entusiasmaba al mundo entero, especialmente a Europa. Aquí en Perú, de alguna manera u otra, la ‘pintura de acción’ o nos influenció o, por lo menos, nos hizo reflexionar”.

Y vaya que sí influenció a Shinki. Por unos momentos, nos hace una demostración de cómo pintaba, en qué posición, cómo cogía los pinceles, cómo lanzaba la pintura sobre el lienzo y cómo, posteriormente, la esparcía, corrigiendo o adecuando los detalles según lo que quería decir. Porque, aunque sus compañeros lo criticaran, y aunque el mismísimo Víctor Humareda dijera que sus pinturas servían “para decorar corbatas”, Shinki siempre estuvo al servicio de las emociones que lo motivaban a pintar. “Cuando conversé con Humareda sobre lo que había dicho acerca de mi trabajo, tuvimos un interesante intercambio de ideas”. Algo agitado luego de escenificarnos cómo era la “pintura de acción” en acción, toma asiento y se serena. Nos aclara que nunca peleó con Humareda, y que el comentario fue hecho en clave de broma. “De todas maneras, le expliqué que la pintura entonces llamada moderna, buscaba, antes que copiar o representar la realidad, captar el impacto emocional, y que eso estaba plasmado en las imágenes abstractas”.

El paso del abstraccionismo a una pintura más figurativa se dio a finales de la década de los sesenta. Específicamente, desde 1968, cuando Velasco toma el poder en el país y empieza con los grandes cambios que todos conocemos. Aunque, claro, también responde a los cambios que venían experimentando las corrientes artísticas de la época.

Venancio Shinki recuerda esos, toma aliento y nos relata una anécdota que resume sus vivencias: “En esos años yo no vendía mucho, porque no había dónde hacerlo; me refiero a que no había muchas galerías de arte. Con la llegada del gobierno revolucionario, con el que simpaticé en un primer momento, busqué ponerme al servicio de mi país, pensando que los cambios también beneficiarían al arte. Tuve la oportunidad de trabajar como periodista (ilustrador) en el diario Expreso y esto me permitió tener contacto con personas que provenían de diferentes realidades del Perú. Cuando acudían a mí para pedirme que se publique tal o cual historia… lo que me contaban y todo lo que había detrás de las diferencias e injusticias me causaba un profundo dolor. Eso me llevó a preguntarme qué quería yo del Perú y cómo debía ser mi papel de artista”.

Camino a lo figurativo

Ante la urgencia por representar dicho sufrimiento, su pintura cambió, “dejó de ser abstracta para adentrarse en una especie de realismo simbólico”. Shinki empezó a pintar “hombres, mujeres, parejas, aves que volaban sobre barriadas o zonas económicamente deprimidas”.

Otro evento, durante la misma década de los setenta, determinaría su alejamiento de la movida política al descubrir que no todos los militantes del partido en el poder estaban movidos por el altruismo, y que cometían muchos excesos que no iban de acuerdo con los ideales que los impulsaban. Shinki nos cuenta una anécdota que marcó su alejamiento definitivo de la política: “Acompañé a mis colegas periodistas a la Casa de la Cultura, cuyo director sería expulsado. El tema me interesó y, aunque mis compañeros me recomendaron no ir, igual fui. Lo que recuerdo es que el director salió de su oficina, aceptando estoicamente que ya no iba más en el cargo, y que sin embargo los manifestantes empezaron a escupirle. No soporté ver esa vejación innecesaria. Yo también quería un cambio para el país, pero estoy seguro que no eran necesarias ni la violencia ni las humillaciones”.

Durante finales de los setenta y principios de los ochenta, Shinki viaja constantemente fuera del país, recorriendo Europa y América por igual, residiendo en el Perú apenas unos cuantos meses al año. Pero eso no lo mantuvo al margen de lo que sucedía aquí: el regreso a la democracia y la aparición de los grupos terroristas, algo que el artista simbolizó en una de sus obras, en la que se muestra una ciudad en llamas. Lo figurativo como vemos, iba ganando terreno en su obra con el pasar de los años, representando sus sentimientos con imágenes cada vez más concretas, aunque siempre cargadas de simbolismo.

Los noventa y Fujimori

La década de los noventa representó otro giro en la vida de Shinki; la aparición de Alberto Fujimori en la escena política no era bien vista entre los descendientes japoneses y despertaba antipatías y temores. “Es muy probable”, nos cuenta, “que ningún ciudadano peruano nikkei o nissei se haya sentido cómodo con la aparición de Fujimori; de los que conoz co, ninguno votó por él. Estábamos fastidiados con la situación”.

El fastidio tenía motivos concretos. Shinki había sido testigo de la Segunda Guerra Mundial y de la forma como se trataba a los japoneses y a sus descendientes en todo el mundo: la marginación, el rechazo, el racismo y la intolerancia cultural fueron parte de su infancia, tal vez no de su experiencia directa pero sí de su comunidad.

Sobre Fujimori, no guarda gratos recuerdos. En 1990, durante una cena organizada por el embajador del Japón, coincidió con Alberto Fujimori. “Él aún no era presidente”. “Yo estaba sentado al lado del señor Hiraoka, el padre de los empresarios, y justo frente a nosotros se sienta el señor Fujimori. Hiraoka, quien apoyaba a Mario Vargas Llosa, le increpó por no pensar en las consecuencias de su candidatura sobre todos nosotros. Fujimori no dijo nada en ese momento, solo agachó la cabeza, pero luego de la cena, en un momento más informal, nos dijo que él estaba seguro de que jamás sería presidente, y que había planificado todo solo para asegurar su presencia en el Congreso”.

Ni Fujimori, ni los nissei, los nikkei y probablemente el 50% de los peruanos calcularon que en este país suele suceder lo inesperado.Fujimori no solo fue presidente sino que estuvo once años en el poder, y si bien Shinki reconoce que, durante sus dos primeros años de gobierno, Fujimori logró ordenar el desastre que había dejado Alan García, cuestiona duramente todo lo que vino después.

Identidades

“Los nikkei parecemos japoneses pero somos muy peruanos”, nos dice. “Yo estuve en un colegio japonés pero, al ser cerrado por decisión del presidente Prado, mi formación japonesa se cortó. Ese fue el inicio de mi vida real como peruano, y aunque sé que corre sangre japonesa por mis venas, soy un ciudadano y un artista del Perú”.

La influencia japonesa se manifiesta en su obra de diversas maneras. Esto fue señalado por Juan Acha, uno de los críticos más importantes de arte en el Perú, que en los años sesenta habló del “japonismo de Venancio Shinki”.

Su crítica, constructiva según recuerda el artista, se resumía en una recomendación: “no forzar las cosas”. “Lo que tiene que salir, sale naturalmente en la vida diaria, en nuestra forma de ser o en las cosas que hacemos, pero no podemos forzarlo porque entonces ya no queda bien”, comenta Shinki. “Y tuve que reconocer que sí, que durante un tiempo estuve esforzándome por plasmar mi herencia japonesa de manera consciente”.

¿Y la influencia peruana? Esa, nos dice, “está en casi todos los elementos de mis obras”.

A partir de aquí, el artista nos lleva del estudio a una de las habitaciones de la casa, donde guarda la mayoría de sus obras, perfectamente ordenadas. Allí nos explica didácticamente, cuadro por cuadro, cuáles son esos elementos.

Habla de personajes, aves, toros, colores (en especial, del color rojo) y de elementos cotidianos que esconde bajo olas de color. También nos ofrece interpretaciones sobre sus obras, en las que señala influencias de otros pintores, peruanos y extranjeros, así como de músicos y poetas.

“Siempre les digo a los jóvenes de Bellas Artes que buscan conversar conmigo que, si aún persiste la pasión por el arte en ellos, al egresar salgan del país, a ver lo que se hace en otras partes. Que abran su mundo, que amplíen su visión. Uno aprende mucho viendo lo que se hace en otras partes… y que no tengan miedo de asimilar elementos o técnicas ajenas; eso, por el contrario, enriquece la obra propia”.